LA CÁRCEL DEL PEQUEÑO SAMUK
—¡Mamá, por favor, déjame salir a jugar con los demás! —gritaba con todas sus fuerzas.
…..Los gritos del pequeño Samuk rebotaban en las paredes de su lúgubre y frío lugar de castigo. Después de sentir el eco de sus propias palabras una vez más, y ante el gélido silencio de su madre, comprendió que era inútil intentar dialogar y bajó el rostro, abatido por la tristeza.
…..Sin embargo, poco después, comprometido con su supervivencia y herido por el dolor de no comprender por qué debía permanecer a oscuras y encerrado tantos días, se dispuso a gritar.
…..Pero esta vez lo hizo desde lo más profundo de sus entrañas, con tanta fuerza que quizá alguien más pudiera escucharlo:
…..—¡Mamáaaa…! ¡Mamitaaa…!
…..Tomando aliento y con un tono conciliador, expresó:
…..—Ya te he pedido perdón muchas veces… No lo volveré a hacer.
…..Esta vez, después de tantos intentos fallidos, Samuk había logrado captar la atención de su madre, quien estaba en la sala con una pierna enyesada.
…..Ella seguía enojada. Se levantó de golpe y se acercó a la puerta del recoveco donde él estaba encerrado. Con rabia en el corazón, golpeó salvajemente la puerta una y otra vez, dejándole claro al niño que no debía molestarla.
…..Los golpes en la puerta fueron tan violentos que el tierno Samuk, quien tenía apoyada la mejilla en ella, sintió el mensaje tanto en su cuerpo como en su alma. El impacto fue físico y también psicológico: lo hundió aún más en la tristeza.
…..Su cuerpo, tendido en el suelo, quedó inmóvil tras la descomunal reprimenda. Sus ojos no dejaban de llover. Los mantenía abiertos, fijos, contemplando la única fuente de luz que poseía: aquella que se filtraba por la ranura inferior, entre el suelo y la puerta.
…..En la sala yacía su madre, tumbada sobre un sofá, con la cara adolorida e hinchada, maldiciendo al niño por lo que le había hecho.
…..Los sollozos de la madre eran percibidos por el aterrado Samuk, quien no había tenido la más mínima intención de hacerle daño; solo quería jugar con los materiales de la casa.
…..Desde su amor, él quería consolarla, pero no se atrevía a pronunciar palabra alguna, temeroso de empeorar la situación. Sabía que, tras lo sucedido, nada sería igual.
…..Tras tres horas de un silencio aturdidor, escuchó los pasos de su madre, que se dirigía a tomar una ducha fría; no le alcanzaba el dinero para encender la calefacción.
…..La puerta de la habitación había quedado entreabierta, y el frío se filtraba por la ranura inferior del minúsculo espacio donde se encontraba el vulnerable Samuk.
…..Además del frío, sentía mucha hambre. No había comido más que un pan viejo y café sin azúcar en las últimas cuarenta y ocho horas. Tenía las piernitas dobladas y tendidas sobre el suelo. El dolor de su cuerpo comenzaba a disminuir por el frío, pero el hambre se recrudecía.
…..El timbre de la casa sonó siete veces de forma ininterrumpida. La madre de Samuk abandonó su ducha y, tras vestirse apresuradamente, salió a abrir la puerta. Un hombre alto y delgado irrumpió en la sala como un toro enfurecido. Sus ojos recorrían el lugar con desesperación; buscaba sin parar, vociferando:
…..—¡Déjalo salir!
…..Después de media hora sin poder encontrarlo, el hombre, ya un poco más calmado, intentaba hacer entrar en razón a la madre de Samuk, quien yacía tumbada en el sofá, con las manos cubriendo los oídos para no escuchar las palabras de su hermano mayor.
…..Era Karohi, el tío de Samuk, quien le decía:
…..—Yarima, hermana… no puedes retener a un niño encerrado por tanto tiempo. Es inhumano. —¡Es un crimen lo que estás haciendo!
…..—¡Por favor, déjalo salir! ¡Al menos, dale algo de comer!
…..El pequeño escuchaba que hablaban de él, que había alguien interesado en su bienestar. Por primera vez, se sintió amado. Aunque desde su oscura y estrecha trinchera no podía ver el rostro de su héroe, ya amaba a su primer aliado.
…..Su tío Karohi se levantó de la silla, ubicada frente al sofá donde Yarima seguía inmóvil, sumergida en el llanto. No decía una palabra, pero en su silencio se aferraba con firmeza a la decisión de no liberarlo. Sentía odio dentro de sí y se negaba a reconocer que el perdón y el amor pueden cubrir una multitud de faltas.
…..Karohi tragó saliva con fuerza. Una mezcla de culpa e impotencia lo atravesaba: sentía que él, más que nadie, debía haber evitado todo aquello.
…..Sin otra opción, tomó el teléfono y llamó a sus padres.