"El que no vive para servir,
no sirve para vivir"
—Teresa de Calcuta
"El que no vive para servir,
no sirve para vivir"
—Teresa de Calcuta
—¡Los muertos reciben más flores que los vivos! —dijo Marcelino.
….La enfermera lo escuchó y lo miró. Él estaba recostado en su cama, tenía la mirada fija hacia la ventana; observaba las olas del Mar Adriático danzando con el viento. Una lágrima recorrió los surcos de su mejilla. Léntamente, la enfermera se acercó a él, le acomodó la espalda y se sentó junto a él sin decir nada, solo le hizo compañía por el tiempo que pudo.
….Cuando se estaba retirando a cumplirle tratamiento a otros pacientes, Marcelino la miró de reojo y le agradeció con una sonrisa.
….La enfermera regresó a casa con aquella frase de Marcelino fijada en la mente. Le contó a su esposo y este le aconsejó que avisara a sus familiares para que lo visitaran y lo animaran.
….Al día siguiente, la enfermera entró en la habitación de Marcelino y se llevó una gran sorpresa; su cama estaba vacía, su silueta marcada en el colchón. Sobre este había muchas flores y algunas cartas de arrepentimiento. El vacío en la cama de Marcelino golpeó el corazón de la enfermera. Con lágrimas en los ojos, tomó una de las cartas que decía: Fuiste un gran ejemplo para mí, te amo papá. Otra decía: Adiós abuelo, espero que estés con los ángeles bailando como siempre lo hiciste.
….De repente, una enfermera malhumorada entró y empezó a retirar las flores de las camas. Ella intentó impedírselo en honor a Marcelino. La enfermera malhumorada le dijo que a Marcelino lo habían bajado a la primera planta para que no sufriera por la muerte de su compañero de habitación, y añadió:
….—No sé por qué lo quieres tanto si él es tan grosero con todas.
….A lo que respondió:
….—Quien menos expresa amor es quien más lo necesita.
….Luego, bajó rápidamente a visitarlo, allí estaba Marcelino en una habitación momentánea, sentado sobre una silla de ruedas, taciturno, miraba una pared lisa e incolora.
….La enfermera le abrió las persianas de la ventana para que pudiera ver el Mar Adriático, no obstante desde esa habitación solo se alcanzaba a ver un edificio gris, por lo que la enfermera lo trasladó a la sala grande donde se podía ver la playa, las montañas y las gaviotas pelear por un bocado de pan. Y le dijo:
….—Aquí estarás mejor. Sé que te gusta ver el baile de las olas.
….A lo que Marcelino asintió animosamente.
* * *
….La mañana siguiente, la enfermera entró a la habitación setenta y siete. Allí estaba, como de costumbre, Marcelino Garibaldi. Ahora estaba acompañado de Antonella, una paciente con Alzheimer. Marcelino le contaba alegremente su historia; de cuando se graduó de la Escuela de la Marina y de su primer viaje trasatlántico. La enfermera continuó su faena contenta porque Marcelino tenía a alguien que escuchara sus historias.
….Un mes más tarde, la enfermera tuvo una guardia nocturna. Ella pasó revista a los pacientes y, por supuesto, pasó a desearle buenas noches a Marcelino, quien, con ojos risueños, la veía cambiarle el suero. Luego, él miró por la ventana, sus ojos quedaron sin pestañear por un minuto, luego dijo:
….—¡Los muertos reciben más flores que los vivos!
….La enfermera le dio un escalofrío tras escuchar aquella frase por segunda vez y lo miró: tenía la mirada triste y la respiración acelerada. La enfermera pensó que estaba triste porque su familia nunca venía a verlo, entonces lo besó en la frente y, con su acento extranjero, le dijo:
…. —No estás solo; yo estoy aquí. Buenas noches Marcelino.
….La mañana siguiente, la enfermera entró a la habitación setenta y siete y se sorprendió al ver otra vez ambas camas llenas de flores y cartas. Rápidamente bajó al comedor a ver si veía a Marcelino. Allí estaba él, una enfermera luchaba con él obligándolo a tomar sus medicinas. Entonces tomó su lugar diciendo que ella lo atendería, Marcelino accedió gentilmente a tomar su tratamiento. Por lo que la otra enfermera se molestó y le agarró envidia a la enfermera extranjera, pues la nueva había cambiado la preferencia de los pacientes por su trato amable y personalizado.
….Al cabo de unos minutos, la hermosa enfermera le preguntó:
….—¿Cómo supiste que iba a morir la paciente de tu habitación?
….Marcelino volteó el rostro a su lado izquierdo como no queriendo hablar del tema tan delicado, pues recién había muerto su compañera de habitación. Sin embargo, la enfermera se puso al otro lado y le dijo:
….—Ya van dos veces que muere un paciente en tu habitación y el día previo tú habías dicho esa frase. ¿Cómo lo sabes?
….Él se resistía a hablar, pero la enfermera no desistió y lo miró de frente a los ojos: su belleza lo desarmó por completo. Finalmente comentó que era muy fácil saberlo.
….La enfermera buscó otra silla de ruedas y se sentó junto a la de Marcelino, dándole a entender que lo escucharía atentamente. Toda aquella escena a la vista de las demás enfermeras.
….Marcelino, eclipsado por aquellos rizos negros y aquella mirada tierna, expresó:
….—Es fácil saberlo… Cuando ves la luna llena en su plenitud, las olas del mar crecen, los impulsos cardíacos se aceleran, los pensamientos negativos se multiplican…
….La enfermera sabía que un marinero experto podía saber esas cosas, pero le preguntó cómo esas variantes le ayudaban a predecir la muerte de alguien.
….Sin embargo, no pudo seguir escuchándolo porque la llamaron de emergencia.
….Esa noche, la enfermera le contó a su esposo lo dicho por Marcelino. Este adjudicó los argumentos a simples coincidencias, pero ella quedó con la duda. Buscó información sobre los efectos de la luna llena en humanos y parecía que la teoría de Marcelino encajaba perfectamente.
….Al día siguiente, vio que Marcelino tenía un nuevo compañero de habitación a quien le contaba su curriculum vitae al pie de la letra. La enfermera sonrió y continuó su jornada.
* * *
….La enfermera había dejado de pensar por un tiempo en la conversación que tuvo con Marcelino, pero, una mañana de invierno que tuvo dos turnos seguidos (mañana y tarde). Esa mañana le hizo la cura a Marcelino quien, extrañamente, estaba de mal humor y muy renuente con ella. Cuando se disponía a salir de la habitación, Marcelino dijo:
….—¡Los muertos reciben más flores que los vivos!
….La enfermera quedó perpleja y quiso interrogarlo, pero estaba muy atareada con tantos pacientes y siguió su faena.
….Más tarde, a la hora del almuerzo, la bella enfermera estaba en el comedor, luchaba con un paciente para que no se arrancara las sondas del estómago. Entonces vio que traían a Marcelino en sillas de ruedas, sus ojos estaban húmedos, fue puesto junto al balcón donde pidió estar.
….Ella preguntó por qué lo bajaban al primer piso si aún no le tocaba. Le contestaron que otra paciente acababa de fallecer en la habitación setenta y siete.
….Al atardecer, la enfermera extranjera se quedó a solas con Marcelino e intentó interrogarlo, pero él estaba furioso; gritando, decía que estaba cansado de ver morir a sus compañeros de habitación.
….La enfermera decidió no comentar nada, solo le ofreció un abrazo sincero que lo tranquilizó de inmediato. Le limpió las lágrimas y lo peinó tiernamente. Gesto que Marcelino agradeció.
….Al llegar a casa, le comentó a su esposo que Marcelino había acertado de nuevo, pero que esta vez lo había predicho con solo horas de anticipación a pesar que el paciente estaba en buenas condiciones. Expresó que ella también se sentía triste al ver a los pacientes morir, pero que, por sobre todo, por verlos recibir flores y muestras de afecto solo al morir, lo cual daba más veracidad a la frase de Marcelino. Pues los pacientes no eran visitados por sus familiares por estar muy ocupados, y ante la muerte, hasta hacían viajes intercontinentales solo para traer flores a quienes ya no las podían oler.
* * *
….La mañana siguiente, la enfermera le contó a Marcelino que pronto se iría un mes de vacaciones a Venezuela a visitar a sus padres. Pero antes de irse quería saber cómo predecía la muerte de los pacientes con tanta precisión.
….Marcelino quedó perplejo. Estaba acorralado: el perfume intenso del enjuague de cabello de la enfermera lo sedaba, la dulce voz lo estremecía, su mirada fija en él le aceleraba el ritmo cardíaco: Estaba enamorado de la bella enfermera.
….Así que, sin mediar palabra, Marcelino le hizo señas para que buscara debajo de su colchón, el cual nunca dejaba que tocaran sin su supervisión. Allí yacían varias cartas, todas numeradas y fechadas.
….Marcelino le pasó la carta número uno y se la entregó pidiéndole que la leyera. Ella empezó a leerla con un tono medio alto para que escuchara Marcelino, quien se acostó con la mirada al mar mientras la escuchaba leer:
Las olas lloran queriendo salir del mar,
pero este, celoso, no las deja escapar,
las estúpidas gaviotas no saben cantar,
sus graznidos ya ni me dejan descansar.
Igual que las olas, este marinero busca escapar,
pero atrapado en el barco, no tiene a donde embarcar,
mi corazón, como las gaviotas, gime sin cesar,
El destino de las olas es confundirse entre la tierra y el mar,
pronto dejaré este barco cuyas historias nadie habrá de escuchar.
….La enfermera fue interrumpida por un doctor y tuvo que irse a otro piso por una emergencia.
….Más tarde, antes de dejar el asilo de ancianos, pasó a despedirse de Marcelino quien la había estado esperando con ansias, pues sabía que su enfermera preferida se iría y, aunque fuese por un mes, tal vez él no estaría para verla llegar, por lo cual le dijo que si no lo veía al regresar, por favor no le trajera flores póstumas, que le bastaban con los pétalos de cariño que compartió con él en el asilo. Tomándola de las manos, le encomendó todas sus cartas. Y dándole un abrazo le deseó un buen viaje.
* * *
….Caracas, veintiséis de noviembre de dos mil veinticinco. La enfermera aterrizó en su tierra natal. Tras días eufóricos compartiendo con su familia, una mañana se sentó en su patio trasero bajo un árbol de mango. Allí leyó la carta número dos, que decía:
Los muertos reciben más flores que los vivos,
las enfermeras menos reconocimiento que los galenos,
el gato ingrato un mejor trato que el perro fiel,
los padres por su entrega y amor, solo el olvido cruel.
….La primera frase ya se la había escuchado varias veces, la segunda era extraña sabiendo que él trataba a las enfermeras grotescamente, pero la fecha coincidía con el primer día de su trabajo en Ancona-Marche en tierras italianas. Las dos últimas frases se referían a una familia ausente. Ella siguió y leyó la tercera carta:
Las olas del Mar Adriático ya no luchan por escapar,
las gaviotas simpáticas ya aprendieron a cantar,
una bella enfermera me acomodó el espaldar,
sus lindas sentaderas no paran de saltar.
….La enfermera se sonreía sabiendo que solo a ella se refería,
su esposo al enterarse, el semblante se le caía,
pero al saber que de Marcelino provenía,
junto a ella sonreía.
Ambos abrieron la cuarta carta y la enfermera en voz alta la leía,
mientras su esposo un masaje a sus pies le ofrecía.
La luna llena por su nueva víctima ha venido,
las olas del mar ante su poder se han enfurecido.
Mi compañera llora, tras la almohada su pena ha escondido,
sus venas se inflamarán al ritmo del olvido.
Mañana su imagen será exaltada, como nunca antes había ocurrido,
luego su memoria será enterrada, como las olas en un profundo olvido.
….El esposo dijo sonriendo: —Además de profeta es un poeta.
….La enfermera no sonrió, ella empezaba a entender que Marcelino adjudicaba la influencia de la luna llena en la muerte de los pacientes. Según percibía de las cartas, era que la tristeza de los pacientes por ser olvidados, bajo la luna llena sus corazones explotaban por la presión sanguínea y el dolor del olvido.
….Con lágrimas en los ojos, la enfermera abrió con premura la quinta carta, que decía:
Hoy es mi cumpleaños, mi hijo no vendrá por estar ocupado,
y mis nietos —si acaso se acuerdan— no saben dónde estoy internado.
Una enfermera extranjera —sin conocerme— un regalo me ha brindado,
trato amable que ni mi heredero —estando aquí— jamás me ha brindado.
….La enfermera sintió su corazón achicarse, nunca imaginó que Marcelino sufría en silencio por su familia. Miró la caja de las cartas y se percató que quedaban las últimas cinco cartas, por lo que se apresuró a leer la sexta:
La luna llena regresó por su nueva víctima,
mi compañero abandonado, escribe una historia muy íntima.
Los doctores creen curarnos atacando las consecuencias,
mas no pueden curar un corazón lleno de incongruencias.
El olvido duele más que el desprecio,
una visita o una llamada, eso sí que no tienen precio.
Hoy la luna es mi testigo, que se va mi amigo a quien tanto aprecio.
….La enfermera rompió en llanto, su esposo la abrazó y le dijo que podían prepararles una fiesta para que se recuperaran los pacientes. La enfermera asintió, pero sin poder leer más, le dijo a su esposo que leyera la séptima carta:
Este viejo marinero se ha vuelto a enamorar,
aunque ella es muy joven y poco entiende mi hablar,
por su amable trato y paciencia, por fin mi vida empiezo a disfrutar.
A un corazón agradecido, la malvada luna llena no puede afectar.
Los médicos ignorantes, a sus pastillas, mi mejora quieren adjudicar,
pero solo yo y la luna sabemos por qué mi corazón no deja de bailar.
….La enfermera entendió que su trato a los pacientes había mejorado la salud de ellos. Y sin proponérselo, Marcelino había encontrado una razón para vivir. Marcelino reía cada vez más y hablaba más de sus viajes como marinero.
….El esposo iba a leer la octava, pero ella lo interrumpió y dijo que leería, pues ya estaba mejor y que continuara con el masaje en sus pies.
Los médicos siguen buscando una explicación a mi repentina recaída,
pero no entienden que mi flor extranjera, por su día libre no vendría,
quizás esta noche, con su esposo me engañaría,
la luna llena muy chismosa, su ausencia siempre me advertía,
ya no quiero escribir más, solo quiero dormir en alguna tumba fría.
….La enfermera empezó a asustarse, todo parecía que Marcelino se tomaba las cosas muy apecho y su ausencia de un día empeoraba su salud. La enfermera se estremeció, pues apenas ella llevaba una semana de vacaciones y regresará dentro de tres semanas al asilo de ancianos. Rápidamente leyó la novena carta:
Mi bella flor me ha dejado, se va con su amante por treinta días,
mi honor como marinero no lo puede soportar,
en la próxima luna llena, mi corazón va a explotar,
me traerá flores mi hijo y honores de marinero me rendirán,
pero sentido a mi vida, solo ella le pudo dar,
trajo ternura a mi barco, y bajo esta luna dejará por siempre de navegar.
….Ella no podía creer lo que estaba pasando, con el corazón galopante llamó al asilo de ancianos. Con voz entrecortada le informaron que Marcelino ya no estaba en su habitación. Había dejado de existir la noche que te fuiste, justo en la luna llena.
….Ella rompió en llanto, su esposo se conmovió también. Le dijo a ella que no tenía la culpa, pero ella se sentía culpable de no haber podido darle más cuidado, pero que no le daba tiempo debido a tantos pacientes que necesitaban de su atención.
….La enfermera, con lágrimas en los ojos y alterada le dijo a su esposo:
….—Estoy extremadamente cansada de que a los abuelos los traten como si lo único que les quedara en la vida fuese morir.
….Mientras la muerte no ocurra, ellos están literalmente vivos. ¿Por qué los tratan como si no lo estuviesen? Como si no pudiesen hacer nada, o peor aún, se olvidan de ellos.
….Marcelino fue un niño inteligente, fue mecánico de barcos, padre de un hijo y marinero. Él sabía geografía, de casi todos los países del mundo. Siempre hablaba sobre las cosas positivas de cada continente de las que deberíamos aprender.
….Antonella, en su pasado, limpió casas ajenas, luego fue esposa, madre de siete hijos, costurera… y así los años la llevaron a preocuparse de otras cosas y otras personas. La semana pasada, la muerte la encontró viuda, y con sus hijos encargándose de sus propios problemas. Ella, sufriendo de artritis y todo, se ponía a pintar en las tardes cuando venía la pasante de preescolar haciendo un trabajo altruista. Antonella pintaba no para hacerse famosa, sino para recordarse a sí misma cómo era la vida en su juventud. Eso me demuestra que la juventud no se trae en los años, se trae en el corazón.
….Nuestros adultos mayores aún sienten, aún tienen mucho por descubrir y experimentar; la luz del parque, los museos, el baile, el sexo, las bromas, todo eso también son de ellos. Y los años, esos que nos llevan por delante, deben ser admiración y respeto, no olvido y menosprecio.
….Su esposo, con lágrimas en los ojos, agregó:
….—Y estas son solo algunas de las tantas historias de seres humanos que residen allí en ese asilo donde trabajas. Existen también muchos ancianos aquí en Europa que son víctimas del fenómeno llamado Kodokushi; estos ancianos aparecen muertos meses después de su verdadero fallecimiento. Como nadie los visita, no se dan cuenta que ya murieron. Los vecinos no se percatan que hay casas con montones de cartas en los buzones polvorientos, ni se fijan que hay jardines con hierba crecida sin cortar por meses. Sus familiares se acuerdan de ellos cuando la policía les entrega un aviso de defunción. Todos están ensimismados, sin empatía por quienes les rodean y, peor aún, por sus familiares quienes lo dieron todo por ellos.
….Al final, la pregunta es: ¿cómo puede pasar tanto tiempo sin que notemos que un vecino ya no está?
….La humanidad tardíamente empieza a asumir que el problema no son solo los cuerpos que aparecen tarde, sino la vidas que desaparecen sin que nadie los note.
* * *
….Al cabo de un tiempo, su esposo le recordó que quedaba aún la última carta de Marcelino. Ella no quería abrirla, pero su esposo la animó abrazándola, entonces ella decidió leerla:
Hoy vendrá por mí aquella luna llena nefasta,
Pero la última tormenta la navegaré con mi dignidad intacta.
He vivido por mi hijo y para mi enfermera extranjera,
Ambos me han dejado, uno adrede y otro aunque sin querer fuera,
Mas yo no olvido a quien retrubuyó amor desinteresado y sin frontera.
Mi herencia le dejo solo a ella quien todo mi honor me reconstruyera.
Mañana recibiré honores y flores de cualquiera,
Mas solo ella en mi presencia fue quien me las diera.
Fin.