El Violinista de las Sombras
….Era el otoño del ochenta y cuatro. Hans Schneider iba camino a su primer día de clases en el Conservatorio de Música de Stuttgart. Llevaba una mochila a la espalda y un violín nuevo obsequiado por sus padres. Sus pasos eran apresurados, propios de un muchacho con ganas de comerse el mundo. Cuando estaba cruzando una esquina a toda velocidad, no tuvo tiempo para detenerse y chocó de frente con un señor que salía de una cafetería. Era nada más y nada menos que el alcalde de la ciudad, el señor Hoffman, quien, a sus sesenta años, se mantenía en buena forma y evitó la caída. Solo su diario cayó en la acera. Hans Schneider lo recogió y quiso disculparse, pero el señor Hoffman lo hizo callar con un gesto, menospreciando las palabras de un joven de baja estirpe. Sin embargo, al ver el violín que el muchacho llevaba consigo, su semblante cambió de inmediato. Aceptó entonces las disculpas y dijo que no había problema… siempre y cuando —aclaró— le aceptara un desayuno en el bar del que acababa de salir. El joven Schneider, apenado y ya consciente de la figura pública que tenía delante, asintió.
….El dueño del restaurante era un hombre de la India, quien recién había terminado de limpiar la mesa donde el distinguido alcalde había desayunado. Se sorprendió al verlo regresar y pedir otra ronda del mismo desayuno. Hans Schneider tomó asiento con la mirada baja. Lo invadía una sensación extraña: se sentía mal por haberlo agredido y, a la vez, agradecido por algo que no había pedido. Miraba el reloj con angustia; no quería llegar tarde al conservatorio. Sus manos se aferraban al violín como si fuera su bien más preciado.
….El señor Hoffman no perdió un instante y le formuló una serie de preguntas; Schneider respondió como lo haría un ladrón bajo interrogatorio policial. Pronto comprendió que el joven era de escasos recursos, pero educado, dócil y digno de confianza.
….Tras echar miradas a su alrededor y saberse a solas, el señor Hoffman le ofreció un trabajo como violinista. El muchacho intentó rechazarlo, explicando que apenas comenzaba sus estudios como músico profesional. Sin embargo, con el ceño fruncido y poco acostumbrado a que se objetaran sus decisiones, Hoffman le recordó el cargo que ostentaba y le recomendó, por su propio bien, aceptar la propuesta.
….Schneider sintió aquella mirada desafiante clavarse en su interior y, sin poder objetar, aceptó.
….Entonces el señor Hoffman sacó de su sobretodo un bolígrafo dorado y escribió una nota con la hora y la dirección donde lo esperaría ese mismo atardecer. Le advirtió que el encuentro era confidencial y que, si alguien más llegaba a saberlo, lo pagaría muy caro… y se marchó.
….Hans Schneider intentaba descifrar sus propios sentimientos: había encontrado trabajo sin buscarlo, pero ayudaría a sus padres a pagar el conservatorio; por otro lado, no tenía experiencia, pero tampoco podía rechazar la oferta.
….La hija del dueño del restaurante indio le llevó el desayuno. Era una niña muy hermosa, con un rostro difícil de olvidar. Le sirvió un festín de platos que Hans jamás había visto en su vida. Consiguió comer solo la mitad; el resto lo empujó con fuerza en su mochila. Le agradeció a la niña con una sonrisa y se marchó al conservatorio de música.
….Llegó tres minutos tarde a su primera clase y fue severamente reprendido por el profesor, quien lo ridiculizó frente a todo el curso. Con el rostro fijo en el suelo y las manos aferradas a su violín, fue obligado a permanecer de pie junto a la puerta toda la clase, bajo la mirada burlona de sus compañeros. No obstante, mantuvo la atención en las palabras del profesor y asimiló cada concepto.
….Terminada la clase, los estudiantes salieron por la puerta sin cruzar palabra alguna con él. A excepción de una joven rellenita que había estado sentada en la primera fila y que había pasado toda la clase observando a Hans Schneider. Estaba claramente atraída por él: era un muchacho muy apuesto.
….Ella se acercó y le ofreció sus apuntes, pero Hans Schneider, aún enojado y avergonzado, respondió que no hacía falta, pues había comprendido la clase, y se marchó.
….Al atardecer, con puntualidad absoluta, el joven llegó a una casa colonial a las afueras de la ciudad. Lo asombró la fachada descuidada y la puerta de madera roída por el tiempo. Volvió a comprobar la dirección escrita en la nota: pero era inequívoca.
….Golpeó el hierro de la puerta; al instante se abrió una ventanilla por la que divisó los ojos y las cejas pobladas, blanquinegras, del señor Hoffman. Tras mirar a ambos lados con cautela, el alcalde abrió la puerta.
….Dentro, Hans Schneider percibió la humedad y las paredes polvorientas, apenas iluminadas por la luz del atardecer que se filtraban por las ventanas.
….El señor Hoffman le dio una palmadita en el hombro y, con voz ronca, musitó:
….—Bien hecho, muchacho.
….Acostumbrado a que le obedecieran sin cuestionar, el señor Hoffman comenzó a subir las escaleras en silencio. Hans Schneider permanecía firme, desconcertado, aguardaba instrucciones con el violín en la mano.
Al notar que solo escuchaba sus pasos detrás de sí, Hoffman se enfureció. Sin voltear, levantó la voz:
….—¡Apresúrate, muchacho!
….El joven despegó las botas del suelo y lo siguió.
….La casa estaba deshabitada y polvorienta, pero mantenía un orden lógico. A través de cuadros y símbolos de la aviación alemana, las paredes narraban la vida pasada del alcalde de Stuttgart.
….En el pasillo del primer piso, el señor Hoffman abría las cinco cerraduras de la puerta, y Schneider permanecía detrás, violín en mano.
….La puerta se abrió hacia afuera, obligando a Schneider a retroceder. Su espalda golpeó una frágil baranda de madera que crujió bajo su peso. Al mirar a través del vacío, vio una gran mesa en la planta baja.
….Entraron en una habitación espaciosa. En el centro, se destacaba una cama grande, pulcra y sin arruga alguna. Hoffman indicó una silla frente a la cama; Schneider supuso que debía sentarse y lo hizo.
….Al mirar alrededor, notó siete armarios pegados uno junto al otro en la pared izquierda, todos con espejos gigantes en sus puertas. Entre la cama y los armarios, había una mesita de noche donde yacía una estatua de buda de piedra rodeado de cigarros esparcidos. Hoffman se sentó en la cama frente a él, y Schneider rápidamente estableció contacto visual. El alcalde encendió un cigarrillo y dijo:
….—Muchacho, seré franco y directo contigo. Tocarás tu instrumento y no dejarás de hacerlo, por nada del mundo, durante sesenta minutos. ¿Está claro? —exclamó.
….Schneider percibió que era una orden a la que no podía rechazar y dijo:
….—¡Sí, señor Hoffman! Pero… ¿qué canción desea que toque? Yo solo me sé tres piezas.
….Hoffman se molestó por tener que dar otra instrucción y gritó:
….—¡Solo toca tu maldito instrumento! Tu tiempo comienza ahora mismo.
….El joven violinista abrió su mochila y sacó el atril junto con algunas partituras, que colocó frente a sí con manos temblorosas. Colocado en posición recta y con el violín sobre el hombro derecho, realizó tímidos movimientos para afinarlo. De repente, algo lo desconcertó por completo: Hoffman empezaba a quitarse la ropa con total tranquilidad. El joven titubeó, intentaba esconderse con su mirada en el suelo. Arrastró su mirada hasta las partituras y empezó a tocar las notas como si nada estuviera pasando.
….Hoffman ya tenía toda su piel expuesta, dio unos pasos hacia el joven para tomar una toalla que estaba detrás de su silla. Schneider sintió un escalofrío recorrer su espalda, aceleró sus movimientos esforzándose por no desafinar. Hoffman tomó la toalla y la llevó en su mano, entró a un baño sin cerrar la puerta. El joven mantenía la vista fija en la partitura, aunque de reojo no podía evitar observar cada movimiento del hombre, atento a todo lo que hacía.
….Mientras tocaba, la melodía del violín resonaba espectacularmente por la habitación. Hoffman se sumergió en su bañera, recostó su cabeza sobre una toalla doblada, encendió otro cigarrillo mientras disfrutaba de la melodía. Schneider tocaba canción tras canción, sin pausa. Cuando terminaba su tercera pieza, retomaba su ajustado repertorio diligentemente.
….Media hora después, Hoffman regresó a la habitación. Se secó frente al joven como si estuviera él solo. Nuevamente se acercó al joven y puso la toalla detrás de la silla sobre la repisa de la ventana. Schneider seguía tocando con profesionalismo, inmutable y concentrado en las melodías. Hoffman encendió un tercer cigarro y se acostó en la cama mirando el techo, aparentemente complacido con la interpretación de Schneider. Poco después, el reloj de pared marcó la hora final y el joven cesó todo movimiento.
….El señor Hoffman se puso rápidamente de pie. El joven bajó la mirada, evitando el contacto visual desagradable, esperaba las instrucciones. Hoffman dió unos pasos cerca del joven hacia la perchera, sacó treinta marcos de su billetera y se los entregó. Schneider recogió sus cosas y, cuando se disponía a irse, Hoffman le dijo:
….—Te espero mañana a la misma hora.
….Schneider llegó a su casa y se metió a su habitación. No podía creer lo que había sucedido; tenía miles de preguntas en su mente, pero no podía contárselo a nadie. Quería borrar las perturbadoras imágenes de su mente. Por un momento pensó en no regresar nunca más, pero el dinero obtenido era de gran ayuda para sus padres, quienes vivían con presupuesto ajustado.
….Tras mirar los treinta francos, decidió menospreciar la inmoralidad y poca seriedad de aquel trabajo. Le dio diez marcos a su madre y diez a su padre, explicando que había conseguido trabajo como violinista en un bar a las afueras de la ciudad. Luego entró en su habitación y practicó un par de canciones más, preparándose para el día siguiente.
….Temprano por la mañana, Schneider llegó puntual a su primera clase y se sentó al final del salón. La joven rellenita de la primera fila no tardó en cambiar de lugar y se sentó junto a él, decidida a conquistarlo. Sin embargo, él estaba concentrado en convertirse en el mejor violinista de la ciudad. Le dedicaba apenas unas sonrisas, de manera natural, sin notar que para ella esos gestos eran toda una confirmación.
….Terminadas todas las clases, Schneider se apresuró a ir a su ya oficial trabajo como violinista. La joven dama se ofreció a acompañarlo, pero él se negó, alegando que tenía prisa. Sin embargo, no se dio cuenta de que ella lo había seguido. Se subió al mismo tranvía sin que él lo notara.
….La joven lo siguió hasta la casa abandonada y lo vio entrar. Decidida a descubrir más sobre su apuesto y enigmático compañero de clases, decidió quedarse en la esquina, vigilando, para ver cuándo saldría.
….Schneider subió las escaleras tras el señor Hoffman, quien, muy apresurado, cerró la puerta tras de sí y le indicó dónde estaba su puesto de trabajo —la silla de madera— y que sus sesenta minutos acababan de empezar con el sonido del reloj.
….El joven músico ya estaba en posición, mirando sus partituras y dispuesto a realizar su labor con profesionalismo. Pero este día sería muy distinto al anterior. Esta vez, el señor Hoffman se quitó toda la ropa con una velocidad increíble, se acostó en la cama muy ancioso. Schneider, aunque desconcertado por la extraña conducta del hombre, afinó su instrumento y comenzó a tocar, concentrado en cada nota mientras observaba, de reojo, los movimientos impredecibles del anfitrión.
….En pocos segundos, Hoffman dio una palmada al aire y, de repente, una joven veinteañera salió apresuradamente del baño envuelta con una toalla rosada. Schneider titubeó un momento, pero logró mantener el ritmo. Sus piernas se tensaron, su rostro se mantuvo fijo en la partitura, pero, inevitablemente, miraba de reojo a la joven dama quien ya se había quitado la toalla. Su pálida piel denotaba frescura, su larga cabellera mojada cubría a medias sus firmes pechos.
….La joven subió a la cama con mucha timidez, aunque, extrañamente, se sintió acompañada por el músico, pues percibió que él compartía su nerviosismo. La joven tenía la misma edad que Hans Schneider, era la hija de la señora de limpieza de la alcaldía. Ella, al igual que Schneider, había sucumbido tras el chantaje del hombre que ostentaba gran poder político y ejercía sobre todos una presión diabólica.
….Schneider sentía rabia; veía que la dama no estaba por su cuenta, él quería pararse y detener aquel acto cruel a punto de comenzar. La melodía se volvió oscura y macabra, ya no seguía las partituras: tocaba únicamente lo que su cuerpo y sus emociones le imponían, dejando que cada nota expresara su furia e indignación.
….El despreciable acto había comenzado. El corazón de Schneider batía con fuerza, su sangre le hervía. Tras escuchar a la joven no pudo contenerse y se levantó entonando notas más violentas. Dio unos pasos hacia la cama, estaba a punto de detenerse y gritar, hasta que algo inesperado lo contrajo por completo; había sido la mirada penetrante de la joven, quien mantuvo su rostro fijo hacia él por varios segundos. Y, como pudo, extendió un brazo como indicándole al violinista que no interviniera.
….Él titubeó un poco, estaba confundido. Permanecía de pie mirando a la joven como queriendo obtener respuestas que jamás llegaron.
….Ella solo lo dejaba hacer mientras su mirada no dejaba de buscar al músico, quien estaba perturbado; no entendía que la joven temía que la amenaza de muerte se cumpliera y la dejara sin madre.
….Schneider seguía tocando, sus manos apretaban el instrumento con fuerza, sus pies empezaban a caminar sigilosamente en sigzag por la habitación, buscando hacer contacto visual con la joven que también lo seguía de izquierda a derecha, se buscaban desesperadamente el uno al otro.
….Consumado el frenético y despiadado acto, muy digno de repudio y consternación. Schneider volvió a su puesto, aún le quedaban treinta minutos. El bastardo Hoffman se fue a la bañera, la joven secaba sus lágrimas y empezaba a vestirse. Las melodías evocaban un triple efecto: desde la bañera las sentía como notas angelicales; desde la cama, como notas restauradoras que calmaban el alma; y desde la silla, impotencia y melancolía.
….La hermosa joven no dejaba de mirar a Schneider, quien no daba tregua al violín. Ella notó unas lágrimas en el rostro del joven, por lo que le hizo un gesto para que se aproximara a ella. Él, sigilosamente, se acercó a la joven queriéndole hablar; se sentía tan triste como culpable por ser cómplice indirecto. Sin embargo, lo que estaba por ocurrir cambiaría su vida para siempre. La joven lo tomó por la corbata y, estando ocultos por la pared, lo besó.
….Schneider como pudo, logró mantener la melodía y cambió de posición para no separarse de aquellos labios. La incomodidad del violín no le evitó sentir una conexión profunda con la joven. Ambas almas se fusionaron al instante.
….La pasión de los jóvenes sufrió una brusca separación, el reloj de pared había puesto punto final al evento agridulce. Hoffman se adentró a la habitación fumándose un cigarrillo como quien sale de un concierto. Le dio un sobre de dinero a la joven quien lentamente se marchó dejando la puerta entreabierta. El joven músico, lleno de furia, recogió su instrumento decidido a nunca más volver. Sin embargo, Hoffman le pagó ciento cincuenta marcos, Le dijo que cincuenta marcos eran por la presentación de ese día y que le daría cien marcos adelantados tan solo por la del día siguiente. Schneider quiso rehusarse pero Hoffman ya había regresado a su bañera, seguro que ambos volverían.
….Al salir de la casa, el joven músico miró a todos lados en busca de la hermosa joven, caminó desesperado hasta una encrucijada buscando su silueta, pero solo vio calles vacías repletas de hojas de otoño siendo arrastradas por el fuerte viento.
….Frustrado por no encontrarla, se retiró con pasos melancólicos entre lágrimas, al igual que la joven que había derramado las suyas por la misma calle minutos atrás. Tras Schneider, su compañera de clases lo seguía sigilosamente, pero sin atreverse a decirle nada. Ella también derramaba lágrimas sobre la misma calle, pues había sido testigo de la huída de aquella joven con vestido sensual y, minutos más tarde, al joven violinista con el que se había ilusionado. Ella, con los tacones en la mano para que Schneider no la escuchara, arrastraba sus pies sobre las hojas húmedas y el gélido asfalto. Su corazón le gritaba que se acerccara, pero su dignidad mantuvo la distancia.
….Esa noche Schneider no pudo dormir, se sentía culpable y atormentado por las fuertes imágenes que nublaban su mente. Además, aquella mirada de la joven lo había cautivado, quedó atrapado por aquellos besos apasionados que fueron mutuamente correspondidos. Gracias a la luz tenue de la luna, le permitió grabarse el rostro de la joven que lo había buscado incesantemente. Aquellas miradas le pedían auxilio, pero a su vez le transmitían admiración y dulzura. Era un sentimiento de culpa y cautivación. No obstante, el paso que dio la bella dama le abrió un mundo de posibilidades, mientras que la conexión que sintió en aquellos besos sinceros selló su corazón para siempre.
….Schneider ideó un plan, escribió una carta que intentaría darle a la joven la siguiente noche, en ella explicaba cómo se escaparían de las garras del malvado Hoffman y le prometía vivir con ella en otra ciudad al norte de Alemania.
….Al día siguiente, en el conservatorio de música, la joven compañera insistía en llamar la atención de Schneider. Por lo que se había perfumado, puesto tacones altos y un vestido rojo bastante llamativo que nadie en el conservatorio pasó desapercibido, mas Schneider no lo notó, él solo pensaba en la joven de las sombras.
….Llegó el momento tan esperado, Schneider se sentó nuevamente en la silla acolchonada dispuesta para él, justo frente a la cama del delito que yacía cubierta de sombras y destellos de luna, cómplice de lo que estaba por ocurrir una vez más.
….Tras la seña del señor Hoffman, se puso el violín en su hombro y entonó su tan ensayada partitura. De inmediato, hizo presencia la joven que había robado el corazón del violinista. Él estaba preparado para entregarle la carta y, posteriormente, escapar juntos a otra ciudad.
….Mientras tanto, en las afueras de la casa abandonada, merodeaba la joven compañera de clases de Hans Schneider. Sus labios rojos contrastaban con el abrigo negro que la protegía del frío inclemente. Estaba decidida a jugarse todo por su violinista amado, por lo que analizó la casa, y, tras un tiempo, logró divisar una ventana rota trasera que le permitió adentrarse en la planta baja.
….Tras el inicio del repugnante acto, Schneider mantenía un tono tenso en la melodía que compaginaba con su corazón. Esta vez, algo inimaginable daría lugar. La ira del violinista de las sombras se mezclaba con incertidumbre, pues esta vez, todo estaba saliendo distinto a lo que esperaba. La joven no buscaba contacto visual alguno con él, lo ignoraba. Esto lo desconcertó por completo.
….Entonces, comenzó a tocar el violín como nunca antes, las melodías eran muy melancólicas como reclamando a la joven su falta de atención hacia él. Caminaba en zigzag tratando de ver entre las sombras y las siluetas la tan anhelada mirada que le devolviera la paz a su alma.
….De manera simultánea, la compañera de clase había seguido el sonido del instrumento hasta el primer piso, donde se sentó sigilosamente a tan solo un metro de la puerta que la separaba de su violinista amado. Su corazón latía de miedo, pero el tono melancólico del violín de Schneider la hacía llenarse de valentía, hasta el punto de apoyar su oreja en la parte inferior de la puerta fría. Agudizó su oído y lo que escuchó fue demoledor, sentía que su vida se caía a pedazos, se daba cuenta que su amado violinista mantenía relaciones en las sombras con otra mujer.
….Schneider, por su parte, sentía su corazón hundirse al sentirse ignorado por la joven que evitaba cualquier contacto visual con él.
….Aturdido por las escenas desagradables, agitaba el violín con tanta violencia que las cuerdas parecían listas para reventar. Las melodías penetraban las entrañas de las dos jóvenes inmersas en dolor reprimido. Las melodías empezaban a ser cada vez más turbias y tan desgarradoras que hasta incitaban a seres del más allá a hacer presencia.
….La densa oscuridad arropaba las paredes de la habitación, los ojos del violinista tomaron un color fuego, su corazón demandaba más espacio, sus pasos danzaban tratando de liberar energía. La piel de los presentes se erizaba ante el majestuoso poder del violín.
….Sigilosamente, se acercó a la cama por el lado izquierdo, dejó caer su carta en el suelo y con sus zapatos logró meterla dentro de la mochila de la joven.
….La compañera de clases permanecía inmóvil, escuchando cada gemido que lapidaba sus ilusiones y destrozaba cualquier destello de esperanza. Sentía la puerta vibrar con las melodías salvajes que destrozaban su ser. Sus lágrimas no paraban de mezclarse con el polvo del piso.
….De repente, el sonido del reloj de pared detuvo la melodía en seco. Su respiración estaba agitada, volvió a sentarse en la silla, expectante. Sin embargo, el señor Hoffman no salió de las sombras. La compañera de clases se retiró de la puerta, bajó hasta la planta baja y se escondió en la sala tras un sofá.
….Schneider permanecía sentado, sostenía su violín con firmeza, sus ojos se agudizaron a la espera de al menos una mirada que le devolviera la esperanza, pero lo único que vio fue el fuego de un cigarro encenderse. Tras un silencio sepulcral, vio la silueta del señor Hoffman quien, con tono amenazador, le gritó:
….—¡Hasta mañana, señor Schneider!
….El joven, desconcertado, empacó sus cosas y abandonó furioso la habitación.
….Mientras bajaba las escaleras, pensaba que no podía dejar a la joven otra vez allí indefensa. Pero, por otro lado, ponía en tela de juicio aquel idilio que había creído firme. Finalmente, decidió quedarse y se sentó en el sofá a la espera de alguna señal o un grito de auxilio.
….La compañera de clases permanecía detrás del sofá, había escuchado los pasos, y, tirada en el piso, divisaba a escasos centímetros la silueta de Hans Schneider y su violín. Schneider puso el violín a un lado y cubrió su rostro con las manos. Se sentía traicionado, pensaba que quizás él mismo había idealizado el idilio con aquella joven. Su compañera de clases también se sentía decepcionada por él, o por el amor platónico que ella misma había construido. No obstante, tenía la oportunidad de oro, pisoteó su dignidad y se levantó sigilosamente, lo abrazó con mucha fuerza por detrás y le susurró al oído:
….—¡Soy yo! ¡Soy yo!
….Schneider vio su rostro y se quedó perplejo. Mientras él enmudecía de sorpresa, su compañera de clases, mirándolo fijamente y con lágrimas en los ojos, lo besó intensamente.
….Schneider comprendió todo el sacrificio que ella había hecho por él y el beso apasionado no le dejó duda alguna. Schneider la correspondió con un beso y le pidió marcharse juntos de esa casa.
….Al día siguiente, los dos estaban sentados juntos en la clase. Su compañera no quiso interrogarlo por miedo a saber lo que no quería saber. Prefirió construir desde cero una ilusión que comenzara desde la comprensión mutua. Schneider, por su parte, sentía que le debía una explicación del por qué él había estado allí esa noche y quería confesarle que su corazón estaba confundido. Por lo que le pidió un tiempo a su compañera, según él, para organizar sus sentimientos. Aunque, en realidad, solo pensaba en la otra joven. Tenía pensado regresar a la casa abandonada por última vez para estar seguro si la joven había leído su carta en la que le había declarado todo su amor y explicado el plan de vivir juntos en otra ciudad.
….Terminada la clase, recogió sus cosas decidido a volver a aquel lugar infernal. Pero, sabía que su compañera no aceptaría ninguna excusa y podría seguirlo de nuevo, así que decidió decirle toda la verdad; al menos la verdad sobre los actos indecentes del señor Hoffman, ocultando su interés por la otra joven.
….Su compañera intentó advertirle del peligro de un hombre así y le aconsejó que contara todo a la policía. Él respondió que todavía no porque aún debía saber algo.
….Ambos llegaron a la casa abandonada, la joven aceptó el plan de Schneider quien le dijo que permaneciera en la planta baja y que no hiciera nada hasta que él se lo indicara.
….El joven violinista se posó sobre aquella silla. Y convencido de despejar sus dudas, comenzó su función expectante de ver a la bella joven cuyos pechos eran los únicos que él había visto en su vida en vivo y en directo.
….Hoffman apagó su cigarro y lanzó una palmada al aire. De repente, apareció un cuerpo muy delgado en paños, su silueta dejaba ver sus piernas de color canela. Definitivamente no era la joven por la que Schneider había vuelto. Levantó su mirada y logró ver un rostro muy conocido, era la hija del restaurante indio de la esquina, la que le había servido el desayuno días atrás. A duras penas, llegaba a los quince años. Su rostro lucía muy aterrorizada, su cuerpo temblaba, tenía la mirada perdida como observando el lugar en busca de una salida de escape.
….El corazón de Schneider se encendió en llamas, esto era inconcebible, no iba a permitir otra vez que se cometiera tal atrocidad. De inmediato, empezó a danzar con su violín, su melodía era juguetona, buscaba calmar el corazón de la pequeña. Se acercó a la niña y comenzó a dar vueltas sobre ella. Hoffman pensó que el violinista ya estaba de su parte y no lo detuvo.
….Su compañera de clases aguardaba impaciente bajo las escaleras, en frente de la gran mesa de madera.
….Schneider señaló con su boca la mesita de noche donde yacían los cigarros, le insinuó a la niña que le diera otro cigarro al señor Hoffman. Ella, con sus manitos temblorosas, le pasó un cigarro y éste lo tomó satisfecho. Se giró a su izquierda para buscar el encendedor y, de repente, Schneider estrelló su violín con total violencia sobre el rostro de Hoffman, quien se desmayó en la cama junto a los pedazos del violín. Acto seguido, Schneider tomó a la niña y abrió la puerta gritándole a su compañera que subiera.
….Le pidió que tomara su ropa, bajaran y se fueran. Mas ella solo descendió a la planta baja y se quedó con la niña expectante de lo que haría Schneider.
….El joven violinista buscaba por todos lados algo con qué amarrarlo, así que abrió una de las puertas del armario y se quedó horrorizado de pie a cabeza, no podía creer lo que veía: era el cadáver de su joven amada, tenía moretones en la cara y en el cuello una soga.
….Los ojos de Schneider se tornaron color fuego, su corazón se aceleró y lo primero que vio fue la estatua de piedra del buda en la mesita, la tomó encolerizado y se lanzó sobre el cuerpo del señor Hoffman, a quien le propinó seis fuertes golpes con la estatua que acabaron por abrirle el cráneo en dos. La sangre se esparcía por las sábanas blancas, las manos de Schneider estaban totalmente cubiertas. Miró hacia la puerta y allí estaba su compañera de clases, con las manos en la boca, aterrorizada.
….Minutos más tarde, ambos estaban bajando los cadáveres por las escaleras, él la regañó fuertemente porque no era cuidadosa con el cadáver de la joven que ella le tocó bajar. Después de mucho esfuerzo, llegaron al patio trasero. Su compañera estaba dispuesta a callar todo por amor a su violinista amado. Al tiempo que ella vigilaba, él abría dos fosas igual de grandes con una pala que encontró en el patio trasero. Mientras lo hacía, ella notó que Schneider seguía enfurecido con ella y no le dirigía la palabra.
….Luego, juntos metieron el cuerpo de Hoffman y lo cubrieron. Entonces, ella quiso ayudarle a meter el cadáver de la joven, pero Schneider la detuvo bruscamente, le dijo que él lo haría solo.
….Así que Schneider, con sumo cuidado, posó el cadáver en el fondo y se detuvo por un momento. Su rostro dejó caer varias lágrimas que su compañera notó con incertidumbre. Luego, él metió junto al cadáver los fragmentos del violín, uno a uno, hasta dibujar la forma del instrumento, como si armara un rompecabezas. Luego, tomó tres flores que tenía preparadas en la orilla de la fosa y las puso delicadamente sobre el cadáver. Pasó como tres minutos mirando el cadáver con ternura. De repente, Schneider sintió un fuerte golpe en la cabeza. No supo quién lo golpeó porque no vivió para contarlo.
Fin.